
Un recorrido de 2150 kilómetros a través de 7 ciudades, desde Puerto la Cruz, en Venezuela, hasta Puraquequara, en Brasil: una migración forzada en busca de un futuro mejor. (Infografía Andrea Rodríguez Martínez, con datos de Google Maps)
La migración venezolana en los últimos años se ha convertido en una de las crisis humanitarias más grandes del mundo. Según datos de la ONU, casi 8 millones de venezolanos han abandonado su país en busca de mejores oportunidades y huyendo de la crisis política, económica y social. Cada uno de ellos cuenta dramas personales y familiares, pero también son un símbolo de resiliencia, esperanza y fe.
Una de estas historias la protagoniza María, una de las tantas mujeres latinoamericanas que cruzan las fronteras para buscar un futuro mejor para su familia. Esta María, cuya identidad se mantiene en reserva, cruzó hacia el sur con su hija de 12 años —en vez de buscar su norte en Estados Unidos—, desde Puerto la Cruz, en Venezuela, hacia Brasil, en donde la diáspora venezolana llega a las 600 000 personas.
Su viaje por tierra, a través de carreteras en mal estado, caminos de tierra y entre zonas selváticas, con peligros naturales y delincuencia organizada, la llevaron a recorrer aproximadamente 2 150 kilómetros antes de llegar a su destino final en la ciudad brasileña de Puraquequara, cercana a Manaos.
En Manaos, la cantidad de migrantes, principalmente venezolanos, ha aumentado considerablemente en los últimos años. Muchos de ellos son mujeres que enfrentan enormes dificultades. Afortunadamente, organizaciones como Talitha Kum, Um Grito por La Vida, abrazan la causa de escuchar, acoger y asumir el llamado en defensa de la vida de los niños, adolescentes, jóvenes y mujeres secuestrados y traficados dentro y fuera del país.
"Comencé a crecer primero con Dios, que me dio fuerzas para seguir. En el camino fui conociendo a muchas personas. Una de ellas, una brasileña llamada María me ayudó… Es mi ángel en Brasil": María, inmigrante venezolana

De los casi 8 millones de migrantes forzados venezolanos, un poco mas de 600 mil han ido hasta Brasil. La mayoría de ellos recorre, en muchos tramos a pie, una ruta terrestre peligrosa por los accidentes geográficos y la delincuencia. (Infografía: R4V: Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela)
María, ¿por qué decidiste dejar tu tierra?
El motivo principal fue la calidad de vida, que no la estábamos llevando bien; y por mi hija tuve que hacer el sacrificio de salir. Actualmente tiene 12 años.
¿Cómo fue salir de Venezuela y llegar a la frontera? ¿Cómo la atravesaste?
Primero me llené de valor, con mucha fuerza. No pensé que la tendría, pero sé que la fortaleza me venía de Dios. El viaje fue complicado. Cuando marqué la ruta, saliendo de Puerto La Cruz, en Venezuela, indiqué adónde iba. Suponiendo que ya íbamos llegando, el conductor nos dijo que nunca le habían informado que íbamos hasta Santa Elena de Uairén [ciudad fronteriza venezolana]. Ahí me puse a llorar y a desesperarme porque tenía poco dinero y no podía gastar mucho; estaba limitada.
Gracias a Dios, ese mismo chofer me puso en contacto con otro hombre que hacía viajes. Me llevaron a un hotel que cobraba poco, pero era un hotel de carretera donde, aunque estaba cansada, dormía con un ojo abierto y otro cerrado porque la puerta no tenía cerradura. Tuve que asegurarla con una maleta. Había hombres con aspecto raro. Pasamos la noche y seguimos en un carro hasta Santa Elena.
Demoraste como dos días. Vivías en Puerto La Cruz, de ahí a Ciudad Bolívar y de Ciudad Bolívar a Santa Elena. ¿Cómo llegaste a Brasil? Porque Santa Elena está del lado venezolano.
Mi trayecto de Santa Elena hasta Boa Vista [Brasil] fue traumático, agobiante, angustioso, una experiencia que no le deseo a nadie. Aún al recordarla, me dan ganas de llorar. Fue peligroso. Atravesamos un cerro caminando.
En Pacaraima [Brasil], una persona se ofreció a ayudarme a cargar la maleta con la ropa de mi hija. A mitad de camino, me dijo que me cobraría muy barato, pero tuve que cargar el bolso yo misma. En mi condición de cansancio, debilidad y flaqueza, me costaba aguantar el peso. Fui botando zapatos y sacando cosas para aligerarlo. Lloré, reclamé a Dios. Pasamos por un barranco muy peligroso. Miraba hacia atrás y veía todo lo que habíamos recorrido. Me daban ganas de llorar, y ese sol fuerte...
Casi al final del camino, había una favela. Hablaban con acento venezolano, con vocabulario de delincuentes, y se ofrecían a ayudar. Entonces, ¡clamé a Dios! Al salir, me robaron los últimos 20 dólares. Pero gracias a Dios apareció un señor que vivía en Pacaraima hace muchos años. Nos consiguió transporte hasta Boa Vista [Brasil], donde nos prestaron ayuda en un refugio. Me instalé durante un mes con una amiga que me había mandado su número. Yo le había dicho: "No, no quiero tu número, no voy a pasar por tu casa, sigo de largo". ¡Pero Dios es grande y poderoso! Tenía su número, la ubiqué.
En el refugio de Boa Vista me pagaron un [taxi] Uber hasta su casa. Ahí duré un mes. En todo ese tiempo solo conseguí un trabajo diario. Pero tuve la bendición de esa muchacha y su mamá, Deisy, que nos recibieron a mi hija y a mí en su casa y nos dieron alimento.
María ha encontrado fortaleza en su fe y en la comunidad. A través de un grupo de mujeres venezolanas organizado por una religiosa argentina ha encontrado un espacio para compartir sus experiencias y apoyarse mutuamente

Mujeres migrantes venezolanas construyen un espacio de encuentro en Puraquecara, Manaus, Brasil. (Foto: cortesía Dora Orlik)
¿Recordás sus nombres?
Sí, Deisy, y su mamá también se llama Deisy. Fueron mis ángeles del camino en Boa Vista.
¿Y de Boa Vista a la ciudad de Manaos? ¿Cómo llegaste de Manaos a Puraquequara, tu realidad de hoy?
Llegué de Boa Vista a Manaos [Brasil] porque sabía que unos colegas venezolanos me esperaban allí con una propuesta de trabajo. Me instalé un mes y, con la ayuda de la tía de mi hija conseguí un préstamo. A la semana conseguí mi primer empleo por siete meses. A los dos meses pude independizarme de la casa de mis amigos. Luego, en Puraquequara [Brasil], conseguí otro empleo, en el que ya llevo tres años. ¡Estoy muy agradecida con Dios! He crecido mucho.
María, ¿en qué sientes que se ha dado ese crecimiento?
Comencé a crecer primero con Dios, que me dio fuerzas para seguir, seguir, seguir. En el camino fui conociendo a muchas personas. Una de ellas, una brasileña llamada María, me ayudó con cosas para mudarme a un espacio propio. Es mi ángel en Brasil.
Después, conocí familias brasileñas que me ayudaron con empleo. También conocí a venezolanos. En la iglesia conocí a la hermanita Dora, una argentina. Fue gracioso porque recuerdo que le pregunté: "¿Usted es venezolana?", en lugar de decirle: "¿Usted habla español?", dándome cuenta después de su acento argentino.
Gracias a la hermana Dora, tenemos un grupo de venezolanas que nos reunimos cada 15 días por dos horas. Hemos creado un círculo de amistad donde nos contamos nuestras experiencias y nos relajamos. La hermana Dora nos comparte pasajes bíblicos sobre mujeres de fe, y analizamos nuestro día a día. Vamos aprendiendo a caminar juntas.