Dejemos de ser los hijos mayores que se niegan a vivir el amor infinito del Padre

Comentario al Evangelio del cuarto domingo de Cuaresma

El regreso del hijo pródigo, pintura al óleo de James Tissot, 1862. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)

El regreso del hijo pródigo, pintura al óleo de James Tissot, 1862. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)

Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.

«Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar. Los fariseos y los doctores murmuraban: "Este recibe a pecadores y come con ellos". Él les contestó con la siguiente parábola: "Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: 'Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde'. Él les repartió los bienes. A los pocos días el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo una vida desordenada. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: 'A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: —He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros'. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: 'Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus sirvientes: 'Enseguida, traigan el mejor vestido y vístanlo; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado'. Y empezaron la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los sirvientes para informarse de lo que pasaba. Le contestó: 'Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él le respondió: 'Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero engordado'. Le contestó: 'Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado'"» (Lc 15, 1-3.11-32). 

La parábola del hijo pródigo también se conoce como la parábola del padre misericordioso. Trata del arrepentimiento del hijo menor, la acogida del padre y el enfado del hijo mayor. Pero pocas veces nos fijamos en el contexto en que se dice esa parábola que nos señala, realmente, quién es el que necesita conversión.

El contexto es la comida de Jesús con los pecadores y recaudadores de impuestos, hecho por el que fariseos y escribas le critican. Es precisamente a ellos a quienes Jesús va a dirigir la parábola, identificándolos con el hijo mayor, el cual no puede alegrarse por el hermano que vuelve.

"Ese Padre/Madre de la parábola acoge al hijo sin reproches, restituye su dignidad y se alegra por su regreso. Atrás quedó lo que hubiera hecho. En este presente puede comenzar de nuevo": teóloga Consuelo Vélez

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Deteniéndonos en la figura del hijo menor, conocemos que ha pedido la herencia a su padre —en realidad, le ha deseado la muerte con ese gesto— y se ha ido a tierras lejanas donde la ha malgastado. Vuelve, no tanto por arrepentimiento como por necesidad. Con lo cual, no podemos aprender demasiado de este hijo. Por su parte, la figura del padre es en realidad sorprendente: no corresponde a un padre de aquella sociedad y, precisamente por eso, sí tiene mucho para decirnos.

El Dios que anuncia Jesús es como ese padre que, en gran medida, muestra más rasgos atribuidos a las madres que a los padres. Por eso hoy se habla de Dios Madre, y con toda razón. No solo la sagrada escritura nos muestra esos rasgos femeninos en Dios, sino que tenemos cada vez más conciencia de que tanto lo femenino como lo masculino son mediaciones para hablar de Dios, ya que tanto varones como mujeres fueron creados a su imagen y semejanza (Gén 1, 27). Ese Padre/Madre de la parábola acoge al hijo sin reproches, restituye su dignidad y se alegra por su regreso. Atrás quedó lo que hubiera hecho. En este presente puede comenzar de nuevo.

Pero será la figura del hijo mayor la que podría tener el mayor protagonismo, porque ese hijo está actuando como los escribas y fariseos del tiempo de Jesús y, posiblemente, como muchos de nosotros. El hijo mayor no reconoce al otro como hermano, por eso le dice al padre “ese hijo tuyo”. Y, por otra, reclama que le den tanto a ese hijo que lo ha despilfarrado todo, cuando él ha mantenido la obediencia durante toda su vida. Esto último es verdad y por eso el padre no dice nada al respecto. Sin embargo, el hijo mayor no ha entendido lo más importe: al Dios del Reino. Este Dios se alegra por el que vuelve —aunque no tenga ningún mérito de su parte—, porque es, en verdad, amor generoso, misericordioso, total.

Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a convertirnos al Dios del Reino para dejar de ser los hijos mayores que excluyen a los que no son como ellos. Urgen hijos, hermanos, padres, madres, familias que desde el amor infinito de nuestro Dios acojan, una y otra vez, a todos los que lo necesiten.

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