
En la imagen se ve a migrantes a la salida de un centro de repatriación en Ciudad de Guatemala, Guatemala, tras llegar en un vuelo de deportación desde EE. UU. que aterrizó en la base aérea de La Aurora el 27 de enero de 2025. (Foto: OSV News/Reuters/Josue Decavele)
Uno de los aprendizajes más aleccionadores de nuestro camino espiritual es que la vida fiel y la oración ferviente no nos libran de grandes decepciones o pérdidas devastadoras.
En los últimos días, varios de mis clientes me han comunicado que han recibido los peores diagnósticos de salud o que han vivido acontecimientos familiares sobrecogedores. Mientras tanto, muchos de nosotros tenemos amigos y familiares —o estamos experimentando personalmente— la devastadora destrucción generalizada de los desastres naturales: huracanes, tornados o incendios. Y muchos son testigos de resultados o acontecimientos chocantes e inexplicables en los asuntos nacionales y mundiales.
Cuando amamos profundamente, vivimos con ternura, buscamos la verdad y servimos con generosidad, podemos quedarnos atónitos ante acontecimientos que parecen hacer añicos nuestros ideales o convicciones. Cuando nos esforzamos por proteger y apoyar a quienes amamos —nuestras familias, la familia humana y nuestro amado planeta— hay acontecimientos que nos desconciertan por completo, hacen tambalear nuestra comprensión y nos ponen de rodillas. Podemos sentir que caemos en una gran confusión, tristeza o desesperación.
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Tal vez estos momentos sean los grandes hitos en la vida. Tal vez estos momentos oscuros son, de hecho, los tiempos de luz singular, cuando el alma recibe las mayores lecciones: una iluminadora invitación a una transformación profunda. Como sugiere Barbara Marx Hubbard, los humanos estamos pasando del Homo sapiens al Homo spiritus.
Creo que ese es el camino para todos nosotros, el objetivo de nuestro viaje espiritual, nuestra aventura humana: crecer hacia un nivel más profundo de conciencia, aprender a vivir desde el conocimiento del alma. Creo que esto es lo que Jesús vino a mostrarnos hace 2000 años. Y, sin embargo, cuando algo nos aturde -un giro de los acontecimientos más allá de lo comprensible, una pérdida que nos sobrecoge-, llegamos a esa pregunta desesperada: "¿Dónde estás, Dios?"
Esta mañana caminaba bajo la fría luz del sol reflexionando sobre esta pregunta, sabiendo que muchos no se la plantean hoy. A menudo, cuando llegamos a ella, nos encontramos bastante solas. Sin embargo, las recientes catástrofes climáticas y otras catástrofes nacionales han llevado a muchos a esta pregunta aleccionadora, al borde del precipicio. Mientras caminaba, me vino este pensamiento: este Jesús al que sigo 'conocía' la confrontación de las tinieblas. Sí, en efecto. Hoy quiero meditar no sobre el Sagrado Corazón de Jesús, sino sobre el 'corazón roto de Jesús'. De alguna manera, es reconfortante reflexionar sobre su experiencia de tener el corazón roto.
"¿Llevo tanto tiempo contigo y sigues sin entenderme?".
"Jerusalén, Jerusalén, lloro sobre ti, anhelando protegerte como una clueca a sus polluelos, pero tú me rechazas".
"Padre, que pase de mí esta copa".
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Afrontó su noche en Getsemaní solo, en la oscuridad, junto a la roca.

El Sagrado Corazón de Jesús puede verse en un vitral de la iglesia de Nuestra Señora Reina de los Mártires, en el barrio de Forest Hills, en el distrito de Queens, en Nueva York, Estados Unidos. (Foto: OSV News/Gregory A. Shemitz)
"Hoy quiero meditar no sobre el Sagrado Corazón de Jesús, sino sobre el corazón roto de Jesús. De alguna manera, es reconfortante reflexionar sobre su experiencia de tener el corazón roto": Hna. Cheryl Rose
Lloró cuando murió su íntimo amigo Lázaro —y seguramente cuando murió José—; cuando le echaron del templo; cuando sus propios maestros le llamaron blasfemo y poseído por Satanás; cuando su madre sufrió como sufrió él. Jesús se encontró con la fuerza de la ceguera, de los desastres naturales y de los sucesos incomprensibles de la vida humana.
Así me dirijo a él y le pido que me guíe. Sigo escuchando. La tutoría acaba de empezar, otra vez. Pero sospecho que tendrá algo que ver:
Es hora de retirarse al desierto para encontrar la fuerza y el consuelo de Dios en la oración silenciosa, en comunión. Sospecho que la guía incluirá 'dejar fluir' lo que no puedo controlar o prevenir. Sin lugar a dudas, habrá lecciones tranquilas y aleccionadoras sobre cómo 'amarlos tal como son'.
Pero sobre todo, Jesús de corazón roto, oiré —'de nuevo'— que estás conmigo, a mi lado, dentro de mí, y eso me sanará y me sostendrá.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 13 de febrero de 2025.