
Hermanas de la Congregación Ayllu Guadalupac Misineracuna en Otavalo, Ecuador. De izquierda a derecha, en la fila superior: Cecilia Perugachi y Mariana Lechón. En la fila del medio: Anita Bedón, Isabel Andrango Cepeda, Carmen Tixi y Jenny Castañeda. Al frente, la autora Delia María Albatabango. (Foto: cortesía de Congregación Ayllu Guadalupac Misineracuna)
Nosotras somos la Congregación Ayllu Guadalupac Misineracuna, una comunidad de religiosas indígenas consagradas de derecho diocesano. Seguimos a Jesús pobre y misionero, caminamos con nuestro pueblo, hablamos su lengua, compartimos su vida y sus trabajos en la tierra. Queremos encarnar el Evangelio en nuestra cultura, en nuestra gente, en nuestras raíces.
Nuestra historia nació del sueño y la lucha de nuestro fundador monseñor Leonidas Proaño, un hombre que supo ver y amar a los pueblos indígenas como nadie. Decía con toda convicción: "He sido testigo, durante más de treinta años, del poder liberador del Evangelio". Y con su ejemplo nos enseñó que nuestra dignidad como pueblo no podía seguir siendo arrebatada. Fue en 1987, en la comunidad de Pucahuaico, Ecuador, cuando nosotras dimos nuestros primeros pasos como congregación.
Monseñor Proaño tenía claro que debíamos ser nosotras, las mismas indígenas, quienes lleváramos el mensaje de Dios a nuestro pueblo. Y cuando san Juan Pablo II visitó Ecuador en 1985 y dijo: "¡Qué feliz día aquel, en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos de vuestra sangre!", sentimos que su sueño cobraba aún más fuerza.
"Nos sentimos parte de esta Iglesia viva con rostro propio, una Iglesia que respira nuestra identidad y espiritualidad indígena": Hna. Delia María Albatabango, Congregación Ayllu Guadalupac Misineracuna, en Ecuador
Desde entonces, hemos caminado juntas con nuestro pueblo, compartiendo su sufrimiento, su alegría y su esperanza. Nos sentimos parte de esta Iglesia viva con rostro propio, una Iglesia que respira nuestra identidad y espiritualidad indígena. Nosotras, las guadalupanas, experimentamos a Dios en la naturaleza, en la tierra que trabajamos, en los animales que nos acompañan y, sobre todo, en nuestras comunidades. ¡Dios está escondido en nuestro pueblo! Se manifiesta en el cariño con que la gente escucha su palabra, en su sencillez, en su humildad y en el amor profundo que le tienen.
Nuestro caminar de fe se entrelaza con las fiestas y tradiciones de nuestro pueblo. Celebramos el Pawkar Raymi, esa hermosa fiesta que anuncia el inicio del calendario andino, cuando la naturaleza florece y la tierra nos regala sus primeros frutos. Durante ese tiempo, sentimos que Dios nos abraza en la hermosura de la creación. También vivimos la minga, una tradición ancestral de trabajo comunitario, donde todos nos reunimos para ayudar en lo que haga falta. Y en cada casa que visitamos, en cada enfermo que acompañamos, en cada remedio natural que preparamos, vamos descubriendo un Dios cercano, un Dios que camina con nosotras.
La gente nos comparte lo que tiene, con tanto cariño y ternura. En tiempo de cosecha, nos dan choclito, papitas, lo que haya, y nosotras también compartimos. ¡Qué grande es el amor de Dios cuando se vive en comunidad! En la Eucaristía le ofrecemos todo lo que recogemos, y allí seguimos descubriendo a ese Diosito que nos acompaña en cada paso, en cada alegría y en cada dificultad.
Nuestra vocación es caminar junto a nuestro pueblo, acompañarlo en su vida y en su fe. Nuestra economía la sostenemos con el trabajo de nuestras manos: cultivamos la tierra, hacemos artesanías, criamos animalitos y producimos miel y cosméticos naturales. Con todo lo que somos, con nuestra identidad indígena, con nuestra historia y nuestra fe, seguimos adelante, con alegría y esperanza, convencidas de que el Evangelio, vivido desde nuestro ser indígena, es fuente de vida para nuestro pueblo.